
Desde ayer, Barack Obama es el Presidente de los Estados Unidos de América. Fue un día histórico, estamos ante el momento en el que el rumbo actual del Mundo ha girado de manera asombrosa, en el que Estados Unidos parece que expandirá sus alas con el fin de estrechar los lazos con todos los países del planeta, con el fin de trabajar todos juntos para superar el momento tan delicado en el que nos ha tocado vivir.
Y no lo digo yo, lo dijo ayer, en su discurso de investidura, el nuevo Presidente de Estados Unidos, en un discurso emotivo, alentador, ilusionante, repleto de alusiones al pasado: a los Fundadores de la Nación, a Lincoln, a la esclavitud, y sobre todo, a la igualdad, a la necesidad de caminar todos juntos y en la misma dirección.
Si tengo que quedarme con una imagen, me quedo con las lágrimas de la gente, con los millones de personas que se citaron ayer en Washington a pesar del frío congelante, con la ilusión reinante; y si me tengo que quedar con un instante, me quedaría con la siguiente frase del discurso de Obama, porque supongo lo que significó para millones de personas, y con la que se cierra el camino que inició Abraham Lincoln aboliendo la esclavitud:

